SENTIMIENTOS: LA PELÍCULA DE UN DOCENTE

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¿Por qué sentimientos?, me pregunto al escribir estas líneas. Tal vez porque ahí radique la esencia de la vida del ser humano. Tal vez porque toda acción que se efectúe requiere de un estímulo de tal procedencia. Lo cierto es que no pretendo resaltar su importancia en la vida diaria del docente sino más bien su trascendencia, comparada con los aspectos más importantes (tanto biográficos como experienciales) de la vida del cineasta y cinéfilo mexicano Jaime Humberto Hermosillo.

Porqué un maestro decidiría serlo más que por el puro y exquisito gusto de enseñar, es así como el cineasta antes mencionado se define como cinéfilo en función del placer que le provoca la posibilidad de disfrutar una película, de escuchar historias; así, los maestros poseen en el aula tantas historias por ser escuchadas, de ser respetadas, pero sobre todo por ser descubiertas tal cual como la que se encuentra en el propio corazón del docente.

“La narrativa cinematográfica tiene necesidades muy específicas que invitan a los espectadores a que estén atentos”. Sin lugar a dudas la responsabilidad que cae sobre el docente es muy grande, y no en el sentido de mantener ocupados a sus alumnos, si no en la perspectiva de que requiere impregnar su actuar con el más claro sentimiento que es el amor y que le mueve a ser innovador, dado que innovar pierde su sentido de “hacer cosas nuevas” y adopta el de “hacer las cosas pero hacerlas bien”. Y así es como la educación se convierte en un acto de dar, más precisa e inicialmente en cuanto al afecto que es capaz de otorgar a sus alumnos sin exigir reciprocidad pero sí con la intensión de que lo que hoy cultive en éstos se vean explícito en su actuar mismo, como el brillo que irradia la flor o la esperanza que salva al desamparado.

Recupero la importancia que otorga Jaime Humberto Hermosillo a la palabra humildad, sin caer en un sentido peyorativo, desde un punto de vista virtuoso en el cual se aprenda a aprender despertando al estudiante para éste arte y esta técnica, con cierto grado de audacia, pero a la vez de temor, en cuestión de que a pesar de que lo que se descubra no sea lo que se espera aún se tenga el deseo de seguir adelante; en aras de que se conciba al futuro en nuestra vida, cotidiana y académica, como una aventura desconocida en la cual no vale la pena desfallecer si no luchar por los propios ideales.

En el filme “Las apariencias engañan”, del mismo cineasta, que denota al ser auténticos como el hecho de tener el valor de ser el que cada uno es, de forma íntegra y sincera y con ansias de obviar a la falsedad como un parche de la realidad y siendo en ocasiones incluso, otra realidad. Implica conocerse a sí mismos y reconocerse como únicos con habilidades, destrezas y talentos propios; así podríamos sin lugar a dudas avivar dichas características en los alumnos admitiéndolas como dignas de ser desarrolladas pero sobre todo respetadas. Aquí la libertad cobra un gran precio al ser el factor mediante el cual emana nuestra propia esencia y el mismo Jaime Humberto Hermosillo lo enmarca asegurando que “sin libertad las cosas quedan impecables, sí, pero sin vida”

“Sólo hay una cosa mejor que ver cine y es hacer cine” Si bien en el cine es evidente la diferenciación de agentes como el espectador y el espectáculo, y en la misma película al protagonista de los antagonistas, no siempre resulta simple hacer dicha diferencia en un aula de clase, es decir, ¿qué lugar ocupa el docente?, ¿se sitúa siempre como un solo agente o su actuación se presta a interpretarse como un papel multifacético? Todo depende de qué perspectiva se mire y de qué finalidades persiga el propio maestro en su dinámica, pero lo que sería reprobable, a mi consideración, sería apostar por siempre ser el protagonista, es decir, qué papel le dejamos al alumno si sólo espera a tener breves intervenciones, si sólo se le presenta como simple relleno en el escenario. Ante esto, John Ford agrega que, si bien el reparto de papeles no siempre es equitativo, se tomará en cuenta a las partes más pequeñas del filme de igual manera que a las grandes, de lo contrario se pierde la credibilidad en la historia.

Otra cara del reparto de papeles, que atañe al hecho de tener un libreto y un guión específico para todas y cada una de los actores: ¿Ventaja o desventaja? Si bien resultaría práctico tener un modelo de lo que se espera logremos en la representación de nuestra película, también resultaría desventajoso el hecho de acatar al pie de la letra dicho régimen, pues dónde quedaría nuestro amor por la independencia, ese ímpetu que nos mueve a realizar nuestros proyectos aún cuando el apoyo no se nos brinda, reconociendo que quien permite seguir por el sendero es uno mismo y no los demás, y que no hay más censura que la que uno mimo se imponga. Se trata pues de ignorar los límites marcados y actuar en función de nuestras propias potencialidades.

¿Cómo lograríamos avanzar entonces?, ¿Sería bueno perseguir una utopía, y de seguirla, de qué nos serviría? Eduardo Galeano, en una conferencia presenció dicho cuestionamiento hacia uno de sus colegas, Fernando Birri, a lo que dijo que “la utopía está en el horizonte, yo sé muy bien que nunca la alcanzaré, que si yo camino 10 pasos, ella se alejará 10 pasos, cuanto más la busque menos la encontraré; pues la utopía sirve para eso, sirve para caminar”. Entonces qué tanto les habremos de enseñar a nuestros niños a caminar como propios escritores de su libreto, de ser actores de sus propias escenas y constructores de sus propios escenarios sin el afán intrínseco de encontrar un final feliz, se logrará la felicidad en cada instante de nuestro actuar y en las consecutivas a ellas.

Una de las bondades que el cineasta nos presenta como tal, es la capacidad de esconder, ocultar en la escena y escenario de los alumnos una parte muy personal de nosotros; ¿Qué podríamos regalarle a nuestros niños y de qué manera? Sin lugar a dudas y reiterando, el amor, el amor por uno mismo y por lo que se hace mediante el ejemplo. Enseñar a apreciar aspectos como la naturaleza además de sólo conocerle sería lo ideal, enseñar el gusto por la música y no sólo conocer de la música. Desde planteamientos tan simples como estos es que podemos incidir en los alumnos fungiendo en ocasiones como el director de la producción cinematográfica.

Si bien resulta que las exigencias hacia un director cinematográfico son muchas y le atacan en todas direcciones, también es labor del docente atender a las exigencias que le imponen tanto los alumnos como los directivos, los padres de familia y el currículum oficial ¿Hasta qué punto seremos capaces de luchar y apostar por el aprendizaje de nuestros niños? ¿Qué tanto más estoamos dispuestos a dar además de lo que damos día a día en el aula?

“Me invitaron a Aguascalientes para hacer un ciclo de mis películas digitales, no es suficiente para mí, quiero ir a compartir mis conocimientos, y quiero venir a enseñarle a los jóvenes de mi ciudad natal cómo hacer películas digitales” Resulta que no tenemos que esperar a tener largos años de experiencia y toda una carrera profesional de triunfos para poder enseñar a nuestros colegas, puesto que estamos sujetos al aprendizaje de la profesión desde la primer clase en la Escuela normal; deberíamos llevar a cabo un verdadero colaborativismo, es decir, ¿Por qué mis compañeros jamás se ofrecieron a hacer una clase conmigo?, y aún más importante, ¿por qué yo nunca me ofrecí a hacerlo con ellos o siquiera proponerlo?, y todavía más importante, ¿por qué en dichas cuestiones les llamo “compañeros” y no “amigos”? Y es que si miramos en retrospectiva y tratamos de vislumbrar aquellos escenarios en los cuales dimos un plus (del francés más) en nuestra formación profesional, en un trabajo, en un requerimiento… etc., seguramente serán muchas las circunstancias y mucho menores nuestras acciones pero no por eso dejan de ser trascendentales.

“Un buen cineasta se hace viendo cine” y un buen docente se hace viviendo la docencia, desde todos los enfoques y desde todas las posturas pues sólo así se logra conocer, y no solo saber, acerca de las implicaciones que el trabajo educativo conlleva, sin permitir, claro, que las cuestiones que he planteado a lo largo de este escrito me hagan olvidar que sobre todos los títulos que pudiéramos adquirir, seguimos siendo hombres y mujeres formando y educando a niños y niñas: “el viaje es lo que nos da la felicidad, no el destino”, el contenido de la película es lo que nos brinda su esencia, no el final, pero sin nadie que esté a nuestro lado para disfrutarle, en realidad ni la esencia misma del filme adquiere sentido y significado: ¿con quién compartiría mi experiencia si no es con los niños y con mis propios colegas?

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